Desde un taller de Caballito, en Buenos Aires, hasta las clínicas de Catalunya: la historia de cómo cambió el instrumental dental, contada por quien la vio desde dentro.

Un taller en Caballito
La infancia de Hernán Agulló, en los años 70, sonaba a motores. Su padre, Antonio Agulló Berenguer, había fundado Dental Técnica, un taller de reparación de instrumental odontológico en el barrio porteño de Caballito. Allí llegaban piezas de mano, contraángulos y, cada vez más, turbinas.
“Mi padre compraba en Novacek los recambios de las series 100 y 300 de W&H, las correas de los primeros tornos y sus piezas de juntura corredera. Vi todo: el progreso”, recuerda Hernán.
Novacek no era un proveedor cualquiera. Juan Novacek S.A. nació en los años 40 y se dedica a la importación y distribución mayorista desde 1950 (Juan Novacek S.A.). Hoy sigue siendo el único servicio técnico oficial autorizado de W&H en Argentina (Novacek). W&H, por su parte, la fundaron en Berlín en 1890 los mecánicos de precisión Jean Weber y Hugo Hampel. Fue la primera empresa europea en fabricar piezas de mano y contraángulos mecánicos, y en 1944 se trasladó a Bürmoos, en Austria (W&H).
Cuando el torno giraba con una correa
Las “junturas” que recuerda Hernán eran las articulaciones del brazo del torno dental. Por ellas pasaba una correa sobre poleas, como un hombro, un codo y una muñeca mecánicos. En 1938, un contraángulo de correa giraba a unas 2.000 rpm; hacia 1950, el estándar rondaba las 6.500 rpm (Pacific Dental Museum). Entre 1956 y 1958, W&H lanzó contraángulos con rodamientos que llegaban a 40.000 rpm (W&H).
Luego todo se aceleró. En 1957, John V. Borden patentó el Airotor, la primera turbina de aire comercialmente viable: 250.000 rpm en vacío y unas 150.000 en uso (Pacific Dental Museum). En 1958 KaVo presentó su primera turbina (KaVo). En Italia, FARO (fundada en 1948) lanzó en 1966 la S 333, conocida como “la silenciosa” por su patente para reducir el ruido (FARO).
En el taller de Caballito convivían las dos épocas: correas de pocos miles de revoluciones y turbinas que superaban las 300.000.
La Pana-Air y el cambio de oficio
Entre las turbinas importadas, Hernán recuerda una en particular: la Pana-Air de NSK, “y sus 400.000 rpm”. La japonesa NSK nació en 1930 como taller de piezas de mano en Tokio (Nakanishi). En 1972 presentó la Pana-Air, que la empresa describe como la primera turbina de aire del mundo con cartucho reemplazable. Fue también su primera turbina lanzada al mercado mundial (catálogo Pana-Air).
El cartucho cambió el oficio del reparador. Antes había que desmontar el cabezal, ajustar rodamientos y cerrar tapas. Con la Pana-Air se cambiaba el conjunto entero.
En Buenos Aires las vendían casas dentales como A. Jasminoy S.A.C.I., en la avenida Córdoba (Komet), según recuerda Hernán. Otras casas de la época, como Casa Bernard o La Plata Dental, siguen en su memoria aunque hoy apenas dejan rastro.
La industria nacional
Argentina también fabricaba. En Bahía Blanca, unos amigos de la familia hacían sus propias turbinas, inspiradas en modelos europeos. En Buenos Aires, KMD (Meca Dent S.R.L.) empezó en 1977 “en un pequeño taller, donde de forma incipiente y con recursos limitados se trataba de realizar un producto extremadamente sofisticado, como lo es una turbina de alta velocidad” (KMD). Más tarde, en 1991, nació en Córdoba Gacela, dedicada a turbinas, contraángulos y piezas de mano (Gacela). También había fabricantes de jeringas. “La primera era solo de aire, no de aire y agua, y era algo muy valioso”, recuerda Hernán.
No era un contexto fácil. En 1975 el Rodrigazo disparó los precios un 79 % en pocas semanas (La Nación). La apertura económica de finales de los 70 llenó el mercado de equipos importados. Entre 1980 y 1981 Argentina importó dispositivos médicos por 84,9 millones de dólares anuales de media; entre 1982 y 1986, con la crisis de la deuda, la cifra cayó a 29,7 millones (Vázquez, CONICET). Cuando faltaban divisas, reparar dejaba de ser una opción y pasaba a ser una necesidad.
1987: desembarco en Catalunya
En 1987 Hernán llegó a Catalunya, y en la maleta, además de herramientas, traía una idea que ya funcionaba en Argentina: la cabina de revelado manual para radiografías dentales.
Era una caja de acero inoxidable con tapa de metacrilato y negatoscopio, con dos aberturas para meter las manos y tres recipientes con líquidos: revelador, agua y fijador. Un cuarto oscuro en miniatura junto al sillón, para que la radiografía no tuviera que viajar por pasillos y escaleras hasta una sala de revelado. Hernán la reparaba y la fabricaba. “En cada clínica había una”, recuerda.
Las aberturas llevaban empuñaduras de lana para que la luz no entrara por donde entraban las manos. Estaban hechas con tejido de calcetín, un detalle doméstico, casi de abuela, en medio de una máquina de acero. Era la manera de cerrar la oscuridad alrededor de las muñecas.
Las distribuían Casa Schmidt, que vende material dental desde 1919 (Proveedores.com), y A. Solé Palou, un depósito dental barcelonés hoy desaparecido.
Algunas de aquellas empuñaduras viajaron como muestra hasta otro taller, sin que nadie las hubiera pedido. Con el tiempo aparecieron en el mercado cabinas muy parecidas, con sus tres vasos y su tapa contra la luz. Las ideas, como el aire comprimido, a veces escapan por la junta más pequeña. Pero la lana de calcetín sabe dónde se tejió primero: en Argentina, años antes, y después en un taller de Catalunya.
Mientras tanto, otros apostaban por máquinas automáticas que revelaban solas. La cabina manual, sencilla y barata, siguió en las clínicas durante años.
Micro-Mega, Prodonta y el Turbocid
A través de Solé Palou, distribuidor de Micro-Mega, Hernán se hizo cargo del servicio técnico de la marca. En la cadena estaba también Prodonta, firma con sede en Ginebra (Dental Guide) que, según recuerda Hernán, era la proveedora de Micro-Mega.
Micro-Mega tiene raíces relojeras. Nació en 1905 como taller de piezas de reloj de Etienne Garnier en Besançon (Francia). En 1963 lanzó el Giromatic, el primer contraángulo para preparar conductos de forma mecánica. Hacia 1990 presentó el Turbocid, el primer aparato que limpiaba, lubricaba y desinfectaba por dentro y por fuera piezas de mano y contraángulos sin calor (Micro-Mega).
El círculo se cerraba. En Caballito, el padre compraba recambios para mantener piezas de mano; en Catalunya, el hijo era el técnico de la máquina que automatizaba ese mantenimiento.
La empresa cambió después de manos. En 2009 se integró con la canadiense SciCan (fabricante de los autoclaves Statim) y la alemana Sycotec en el Grupo Sanavis (Micro-Mega). En 2018 la suiza COLTENE compró SciCan y Micro-Mega (MarketScreener). Hoy su catálogo se centra en la endodoncia (Micro-Mega).
El final de la película
La reveladora manual también tuvo su relevo. En 1987, el mismo año en que Hernán llegaba a Catalunya, la francesa Trophy comercializó el RVG de Francis Mouyen, el primer sistema electrónico de radiografía intraoral (PMC). Mouyen lo ideó por frustración: como estudiante, perdía tiempo subiendo y bajando pisos hasta la sala de revelado (Carestream Dental). Era el mismo problema que resolvían, desde hacía años, las cabinas de revelado junto al sillón.
El oficio continúa
De la correa a la turbina, de la película a la imagen digital: Hernán vivió dos grandes transiciones del instrumental dental, y siempre desde el taller que hacía que la tecnología funcionara. Ese oficio sigue hoy en Precisión Médica Dental, donde la reparación de turbinas y el cambio de rotores siguen siendo trabajo de precisión, con la memoria de Caballito presente.
